Con la expansión de las redes y la multiplicación de ordenadores personales en la última década, los formatos interactivos han proliferado. No obstante, los sistemas informáticos no fueron los iniciadores de la producción audiovisual interactiva. Podemos listar una gran cantidad de dispositivos mecánicos, eléctricos e híbridos que permitían la navegación no-lineal de contenidos audiovisuales, comenzando –para citar al azar- por el filoscopio, el mutoscopio, los magnetoscopios analógicos de vídeo, etc. Si bien la era informática ha estandarizado la interfaz digital como el dispositivo por excelencia de control y navegación no-lineal de contenidos, no tenemos que olvidar los dispositivos que la precedieron.
JF/PP: ¿Cómo trabajas los conceptos de linealidad e interacción en tu obra?
IM: Desde el punto de vista narrativo, los conceptos de ‘linealidad' e ‘interacción' son totalmente distintos. A los autores poco nos interesa el dispositivo en sí, sino lo importante es su vínculo con el lenguaje que utilizamos para articular nuestro discurso audiovisual. Por lo tanto, nos interesa especialmente la segunda acepción de las palabras ‘linealidad' e ‘interacción' –la acepción que hace referencia al lenguaje-. En el lenguaje audiovisual, las imágenes acústicas establecen relaciones con determinados conceptos. Estas asociaciones pueden tener un carácter dinámico o estático. De este modo, la imagen de un árbol puede remitirse exclusivamente al concepto correspondiente, o bien desplazarse hacia otro concepto –un árbol puede significar algo más que un árbol [“Esto no es una Pipa”].
El discurso está ordenado en el tiempo, vinculado a una línea de tiempo, en la cual el escritor/lector se encuentra permanentemente ante la opción de afirmar o refutar todo lo anterior, de escribir o re-escribir el discurso. Las narraciones no-lineales hacen uso de esta propiedad del discurso, que permite escribir e inmediatamente re-escribir lo dicho.
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