Cibercultura: ¿realidad o ficción?
Conversación entre Claudia Giannetti, Carlos Fadon y Alberto Caballero

 

Mesa redonda celebrada el 22 de marzo de 1999 en Barcelona, en el marco de las actividades programadas para la Primavera del Diseño 1999


 

Claudia Giannetti: He pensado que lo más interesante para empezar nuestra conversación es plantear algunos temas de debate que, en mi opinión, son especialmente relevantes dentro del panorama de la relación entre sociedad, arte, ciencia y nuevas tecnologías. Estos temas giran en torno a una cuestión: ¿realidad o ficción?

El siglo XX marca un cambio importante en la manera de entender la realidad y la verdad. Como mínimo desde la Teoría de la Relatividad han empezado a cuestionarse (no sólo desde la ciencia, sino también desde la filosofía y las humanidades en general) el determinismo y la invariabilidad de nuestros conceptos. Lo que vemos o lo que percibimos muchas veces no es lo que pensamos captar o comprender.

El primer tema de debate que propongo está relacionado con la cuestión central. ¿Podemos responder a la pregunta –realidad o ficción– de una manera excluyente? Es realmente interesante constatar que siempre que experimentamos algún tipo de ilusión –sea óptica o acústica–, estamos seguros de que realmente vemos u oímos lo que creemos que vemos u oímos en la realidad. El arco iris es una ilusión óptica, y sin embargo, cuando lo vemos, estamos seguros de que existe. En nuestra experiencia no podemos distinguir entre percepción y lo que llamamos ilusión. Así que experimentamos una ilusión como si fuese una percepción, aunque la ilusión suele ser considerada como un error. Por lo tanto, las ilusiones forman parte de nuestra experiencia, de nuestro saber y de nuestra realidad. Por ello podemos decir que la simulación se nos presenta como una realidad hipotética, como una realidad "virtual". El conocimiento tiene relación directa, entonces, con la experiencia del sujeto, y no con un mundo externo, independiente. Por consiguiente, el problema no consiste en diferenciar entre realidad (hipotética), ilusión, simulación o realidad virtual. Lo que diferencia las diversas realidades que se perciben es cómo el sujeto experimenta e incorpora las vivencias.

¿Qué pasa entonces con este mundo que se ha ido generando en la red telemática y que denominamos ciberespacio? ¿Qué pasa entonces con los efectos de esta nueva forma de comunicación, que incide en lo que se llama cibercultura? No hay que olvidar que el ciberespacio es un espacio de datos, es decir, no matérico. De una cierta forma, este espacio virtual es la culminación de una serie de invenciones (empezando con el telégrafo, el teléfono, la televisión, etc.) que han buscado una solución para la cuestión de la comunicación a larga distancia y la dificultad que supone transportar el cuerpo físico en el espacio. La telecomunicación significa, entonces, el envío de mensajes sin cuerpo. Aquí tienen origen todos los discursos sobre la descorporización, la desmaterialización, etc. La no implicación del cuerpo en el proceso de comunicación significa una pérdida de la referencia objetual. Esta liberación se hace acompañar de la instauración de una dimensión no sólo extra-natura, sino también extra-corpus, originada por la interfaz y por los sistemas digitales de realidad, vida e inteligencia artificiales. Este eclipse de la objetualidad en lo que llamamos el ciberespacio es el segundo tema que propongo para el debate.

Hay una afirmación interesante de un autor que dice: "De repente, disponemos de la posibilidad de decir todo a todo el mundo, pero nos damos cuenta de que, en verdad, no tenemos nada que decir". La cita podría ser una referencia clara a la sobrevaloración de los medios telemáticos y la constatación del vacío de contenido en la masa de información que circula actualmente en los medios de comunicación. Sin embargo, esta cita data sorprendentemente de 1927 y proviene de la "Teoría de la radio" de Bertolt Brecht. La cibercultura tiende a poner el acento, cuando habla de las ventajas de la telemática, en la enorme capacidad de transmisión de datos. Pero desde la época de la radio ya se sabía que más información no es igual a más comunicación; al revés, cuanto mayor la cantidad de datos, más complicada y redundante se hace la comunicación. Todos los que trabajamos con Internet, por ejemplo, hemos experimentado alguna vez un sentimiento de desorientación al navegar.

El tercer punto de debate será, entonces, la cuestión de la verdadera potencialidad de Internet y del ciberespacio en el proceso de integración y comunicación global. Afirmaciones aventuradas de la ensayística teórica sobre el ciberespacio tienden a considerarlo como último reducto de salvación para la humanidad, su cultura y su arte. Algunas proclamaciones eufóricas suelen incluso sostener que el ciberespacio y su tecnología son los que "nos permiten transformar nuestro yo, transferir nuestros pensamientos y trascender las limitaciones de nuestros cuerpos" (como afirma Roy Ascott). ¿Estamos hablando, por lo tanto, de unos conceptos efectistas? ¿La retórica de la cibercultura es puro fetichismo?

A partir del primer tema de la cibercultura, de su realidad o ficción, puede destacarse la cuestión de la telepresencia como una existencia sin cuerpo. Carlos, ¿cómo entiendes este fenómeno?

Carlos Fadon: Las obras artísticas mediadas por sistemas de telecomunicación –denominadas "telearte"– tienen como rasgos distintivos la interactividad y la telepresencia en tiempo real (o casi-real). La interactividad puede ser reconocida en los procesos de creación, producción, percepción e interpretación de las obras de arte que utilizan tanto las técnicas artesanales como las nuevas tecnologías de comunicación. La interactividad no es, evidentemente, un concepto cibernético, sino que es un concepto que está inmerso en toda la cultura humana, en toda inter-relación, en toda la conexión humana. La telepresencia, definida de forma preliminar como una presencia indirecta o una actuación a distancia, tiene una trayectoria enraizada en diferentes prácticas sociales y culturales, si bien es un término de uso relativamente reciente. En el marco del telearte, a continuación se comentan cuestiones relativas a telepresencia e interactividad, y se expone la noción de tele-ausencia, en un primer momento definida como el enrarecimiento de la presencia o la negación de la telepresencia.

A lo largo de los tiempos, los dioses y las divinidades en general fueron asociados a diversas iconografías que incluían fenómenos naturales, formas humanas y animales, objetos, imágenes, palabras, etc. No es difícil que se establezcan lugares sagrados, tales como templos y santuarios, y ceremonias ligadas a fechas especiales; por ejemplo, el cambio de las estaciones. Esas representaciones apuntan a un mundo sobrenatural, configurando una forma de telepresencia de carácter mágico y trascendente, y manteniendo una inserción peculiar en la vida por medio de los mitos. Tales representaciones son modeladas por dogmas y preceptos, y han sufrido pocas alteraciones en el curso del tiempo. En este contexto la telepresencia es, por definición, materia de fe.

La telepresencia implica una proyección simbólica –una presencia no concreta– que se presenta y representa en su lugar, convirtiéndose en un ritual. En el límite, la telepresencia sagrada se llama omnipresencia. La tele-ausencia se manifiesta a través de la sumisión del fiel/creyente, por ejemplo, en los peregrinajes, o en las ceremonias públicas y privadas. La telepresencia sagrada, en la actualidad, puede ser mediada por sistemas de telecomunicación, como la radio y la televisión, adoptando a veces la estética del espectáculo profano.

La telepresencia, vista como un desplazamiento en el tiempo y/o en el espacio, induce a establecer algunos paralelos. Así es, por ejemplo, la fotografía si la aceptamos como un eco del pasado, como el "espejo con memoria", o nos referimos al estudio de los cuerpos celestes por parte de la astronomía y la radioastronomía. Los "panoramas", populares en la Europa del siglo XIX, descubrieron la ilusión de la apariencia, constituyéndose en dispositivos destinados a simular la presencia de los espectadores en un ambiente distante y desconocido: paisajes exóticos, escenarios urbanos, sitios históricos, etc.

Tratada hoy en día sin mayores dificultades, por así decir, la telepresencia tiene un recorrido histórico en el cual su aceptación se remite al telégrafo, el teléfono, la radio y la televisión. Estos medios de comunicación, que en sus inicios causaron sorpresa, fascinación e incluso recelo, forman parte ahora de lo cotidiano; por otro lado, recursos actuales como el videoteléfono e Internet pueden parecer normales para algunos, pero en cierta medida fantásticos para otros. Ello subraya el desarreglo que puede existir entre innovaciones tecnológicas y cambios sociales en cada contexto histórico-cultural. En todas las épocas, los medios de comunicación han intentado ampliar y multiplicar las posibilidades de contacto, o sea, de alcanzar y encontrar al "otro"; incluso en otros mundos, como es el caso del proyecto SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence).

El telégrafo y el código Morse se establecieron como una forma rápida y condensada de comunicación escrita frente al correo convencional. El teléfono inauguró la inter-comunicación verbal persona a persona a distancia, aunque, por problemas técnicos, en su inicio llegó a ser considerado como medio de transmisión unidireccional. Sería redundante comentar los desarrollos técnicos o destacar las transformaciones inducidas por la telefonía y su substrato, el concepto de red, que establece casi toda la noción de ciberespacio. En este sentido basta con aportan un ejemplo, señalando un vanguardismo llevado a cabo por Moholy-Nagy en 1922 con sus "Telephone Pictures".

La radio introdujo la presencia "en directo" de noticias, entretenimiento musical y teatral, propaganda política y comercial, etc., creando una conexión con el mundo exterior adornada por un halo de credibilidad, en particular entre las décadas de los 1930 y 1950, y que solamente sería sobrepasada por el advenimiento de la televisión. Un ejemplo marcado de sus significación es la conocida emisión de la novela "The War of the Worlds", bajo la dirección de Orson Welles, en 1938.

Con su luz azulada, la televisión estableció su dominio por casi todo el planeta como una forma de telepresencia, ejerciendo y reflejando una ponderable influencia cultural, suplantando a aquélla antes proporcionada por la prensa y la radio. Más adelante, este medio se valdría del teléfono en su tentativa de crear un diálogo con el telespectador, intentando una comunicación bi-direccional, ya que, por supuesto, la televisión es un medio unidireccional.

La tele-ausencia en los sistemas de telegrafía y telefonía viene dada por la escucha clandestina o autorizada. En la radio y en la televisión, ésta se sitúa en la censura y en su contrapartida, el partidismo. Como formas particulares de esa ausencia pueden mencionarse la guerra de información y contra-información a través de interferencias (por ejemplo durante la llamada "guerra fría") y de prohibiciones (como la prohibición de las antenas parabólicas en Irán).

C. G.: Antes comentabas la relación entre telepresencia e interactividad. ¿Cómo se manifiesta este proceso?

C. F.: La interactividad –"influencia recíproca", según el diccionario– está implícita en los procesos artísticos en general. La actualidad o novedad del término, un tanto desfigurada por la mercadotecnia, deriva de las nuevas tecnologías de comunicación, sobre todo aquéllas dependientes de la informática y la telemática. La interactividad puede ser descrita como un diálogo interno. Una conversación entre dos personas tiene siempre un altísimo grado de interactividad. En términos contemporáneos, la interactividad solicita acciones concretas y/o virtuales en el ámbito de la vinculación triangular persona-obra/máquina-ambiente natural/construido. En algunas ocasiones esa interacción es simplemente reactiva; en otras, implica una contribución más significativa del participante-navegante, que ya no es un espectador.

La interactividad puede ser examinada bajo dos prismas distintos: la fluidez de la obra y la participación del público. La fluidez se funda en el concepto de la obra abierta. El problema del imaginario persiste, principalmente con relación al papel del artista y del diseñador en la formulación de la interfaz real-virtual.

Los orígenes de la participación del público, tanto individual como colectivamente, se pierden en el tiempo, sea en la tradición de las fiestas populares, oficiales y religiosas, incluyendo el circo, el teatro y la ópera, sea en el mosaico de los espectáculos contemporáneos; es su participación lo que convalida la obra. En algunas circunstancias es la propia participación la que encarna el espectáculo, como es el caso del Carnaval. A partir de los años 1950 y 1960, algunas manifestaciones artísticas extendieron los límites de esa participación al implicar al público en la elaboración y en la definición de la obra, como los happenings, las performances y las instalaciones. Esa aproximación lúdica sería adoptada después en "video games", productos multimedia en compact disc, redes y bancos de datos, y sistemas de realidad virtual (inmersión, etc.).

Puede afirmarse que, en los eventos de telearte, el espacio virtual tiene primacía sobre el espacio real. La virtualidad y la interactividad agregan nuevas formulaciones al imaginario contemporáneo en términos de caracterización espacio-temporal y de re-composición de valores culturales. Bajo este punto de vista, la telepresencia y la interactividad no sustituyen las formas presentes, sino que ofrecen nuevas posibilidades. No hablo de revolución ni de ruptura, sino de incorporación, de suma. El telearte es un subconjunto del arte electrónico, en particular del arte interactivo, y opera sobre la unión de la informática y telemática, bordeando la robótica y la bio-electrónica. Su dimensión política y social se funda, de un lado, en la dinámica operativa, característicamente procesual, y de otro en los modelos estético-ideológicos presentes en la concepción de esos recursos.

La tele-ausencia presenta dos facetas, una más operativa y otra más ideológica. La primera, de orden material, puede ser definida por la imposibilidad de acercar las redes de intercomunicación, sea por limitación de conocimientos (los iletrados tecnológicos), sea por la escasez o el coste de los recursos (los desprovistos tecnológicos), sea por imposición tecnocrática (los monopolios político-tecnológicos). De fondo conceptual, la segunda faceta de la ausencia se sitúa en la mística en torno a los medios de interacción a distancia. Por ejemplo, la naturaleza de las redes y bancos de datos abiertos, que por cierto se percibe en la difusa creencia de que "the net is the message" –parafraseando a Marshall McLuhan– y que puede ser criticable de forma análoga a aquélla realizada por Umberto Eco sobre la afirmación "the medium is the message".

C. G.: Alberto, ¿cómo articularías estas dos visiones –la de la tecnología y la del arte, la del ciberespacio y la de la telepresencia– con la cuestión del sujeto?

Alberto Caballero: El sujeto es aquél que puede producir la obra y ser usuario de ella. Me gustaría retomar algunos de los conceptos que tanto Claudia Giannetti como Carlos Fadon acaban de plantear, conceptos que formularé de manera que sirvan como herramienta de trabajo para recolocar tanto al sujeto como al objeto.

A fin de entender la relación entre el sujeto y el objeto, articulándola con el material que ha mostrado Claudia, considero interesante hacer referencia a una película excepcional, que lleva por título "Crash", de David Cronenberg ("David Cronenberg, La estética de la carne", de José Manuel González-Fierro, Ed. Nuer) en la que queda clara esta relación. Más tarde veremos por qué.

Entre la Ciencia y el Arte, el sujeto se encuentra entre dos realidades: la realidad convencional y la psíquica. Me gustaría destacar tres momentos significativos en esta relación.

En un primer momento, en lo que se denominaba "Artes y Oficios", "Bellas Artes" o "Artesanía", el sujeto trabajaba como aprendiz. El objeto se llamaba "mueble", que viene de "moverse", de "móvil". El aprendiz construía muebles, y estaba agrupado en gremios.

En un segundo momento, el mueble pasa a denominarse objeto; el objeto es una invención de la Bauhaus, y ahora es diseñador y diseña objetos. "Disegno" viene de "signare": señalar, marcar. Ya no aprende a hacer muebles en el taller; ahora se le enseña en la Escuela, y se asocia en Asociaciones.

Los conceptos se van desplazando entre la realidad y lo psíquico; también la Ciencia influye en el aspecto psíquico del sujeto. Ahora el objeto será seriado. Ya no es el taller, será la industria; ya no se trata de muebles, sino de diseño de objetos, o de partes de objetos; no se trata de la construcción de edificios sino de partes de edificios, de diseño de ciudades, de elementos para su construcción.

En el tercer momento aparece el diseño digital; ahora ya no se trata de una geometría descriptiva utilizada hasta ahora, sino de la topología. Se abandona la preocupación por el modo en que percibe el objeto, por su representación, y empieza la preocupación por su digitalización. El sujeto ya no se inquieta por el modo en que percibe, sino por el "topos" y el "digito". No por el lugar que ocupa el objeto en el espacio, por cómo lo percibe, sino por el lugar que ocupa en la información, por la información que e ofrece éste y por el lugar que ocupa. "Tropos", o sea, lugar e información.

¿Cómo son este sujeto y este objeto? El sujeto hace referencia a lo particular y el objeto a lo general. Si nos sentimos particulares somos sujetos; si nos sentimos generales, somos objetos, tanto para la ciencia como para el arte o para lo psíquico. Ahora bien, habría que preguntarse qué lugar da la Ciencia a lo particular y a lo general, y cómo influye en esta relación sujeto-objeto.

En el primer momento, para el artesano cada caso es diferente, cada objeto es único. El sujeto es el cliente que encarga el mueble. En el segundo momento lo importante es la serie; de ahí que se lo denomine diseño industrial, el sujeto es el consumidor. ¿Cómo afecta esto al sujeto? En el tercer momento, en cambio, ya no nos interesa tanto la serie, sino que privilegiamos la información sobre la serie, sobre el objeto. El sujeto está sujeto a la información, el sujeto es una información más.

De acuerdo con estas conclusiones, intentaré formular los discursos correspondientes. El "discurso del sujeto" es aquél que prima al sujeto con respecto a "ese objeto único" a través del cual produce lo visual, lo auditivo, etc. Por lo tanto elige un objeto y una producción; produce con él, pero también produce un saber del objeto. El arte puede ser una elaboración de la realidad, pero también un productor de realidades, ir más allá de la realidad.

Pero ¿cuál es el discurso que prima hoy? Hoy la realidad es capitalista; prima el capital y el consumo. Consecuentemente prima el objeto, ya no respuesta al sujeto, porque no hay una pregunta sobre el sujeto, sólo información; ambos son información, es un discurso que imposibilita lo imaginario, el sujeto queda anulado. Ello implica que si para el arte lo importante es lo imaginario, un más acá de la ciencia, un más allá de la realidad, para producir nuevas realidades, el arte sería una manera de preguntarnos de nuevo por el sujeto.

Para producir, el sujeto se va a encontrar con dificultades, y esto produce síntomas, síntomas que lo particularizan. Si anulamos esto, ¿qué lugar ocupará el sujeto? Entonces produce fenómenos. O sea que hasta ahora esta relación tripartita ciencia-sujeto-arte producía síntomas que caracterizaban al sujeto, ahora produce fenómenos. El síntoma es una pregunta al registro de lo imaginario, ello significa que el arte salva al sujeto de ser excluido por la ciencia, el arte salva al sujeto de su desaparición. Por consiguiente, el fenómeno se queda sin objetos; mejor dicho, le queda sólo uno: la vida, la vida como fenómeno, el fenómeno de la vida. Por esta razón existe ahora un diseño dirigido al ADN, a la clonación, el diseño de órganos, las prótesis, el apropiarse de la vida del otro, y la propia vida, etc. La anulación de la vida del otro. La vida como fenómeno quiere decir "cyborg". A la vez que estamos hablando del cyborg, estamos anulando la vida del otro, y esto no se da sólo simbólicamente sino también en lo real.

¿Qué significado puede tener este fenómeno? El objeto ya no satisface; el objeto siempre es parcial, es una parte, es menos, hay algo en el discurso del capitalismo que hace que el objeto no satisfaga, por ello se habla de consumo, de sumar. El arte trabaja cuando algo falta, algo en menos, en el arte siempre hay algo que falta. El arte resta, no acumula, res.ca.ta es resto y produce con éste. Ahora el artista no pone una parte, sino todo su cuerpo. Su cuerpo como fenómeno para el arte.

En consecuencia, se da un corte del proceso histórico, debido a este con.sumar. La historia se consume, sería una no-historia. El objeto será el último momento de la historia; después del objeto, la no-historia, la vida como fenómeno. Retomamos otra vez la vida como fenómeno.

Este hecho ha producido la exclusión del trabajo: el fin de la era industrial es el fin del trabajo, como el fin de la artesanía significó el final del aprendizaje, del aprendiz. Si la era industrial ha terminado, ello significa que también ha llegado a su fin la era del trabajador; ahora tenemos programadores, diseñadores.

Para finalizar, me gustaría retomar la película "Crash", de la que he hablado al inicio de mi intervención, a fin de comprender esta posición del sujeto entre la ciencia y el arte. Entre la realidad cotidiana y la psíquica. Y esto, ¿qué tiene que ver con la sexualidad, la sexualidad que representa al sujeto? El objeto es la elección sexual del sujeto, es a través de lo visual, de lo auditivo, como hemos dicho antes, como el sujeto se relaciona con la realidad, produce realidades. ¿Por qué "Crash" es una película eminentemente sexual? ¿Por qué los protagonistas necesitan del choque para que la sexualidad se haga realidad, por qué tienen que poner su cuerpo ante el choque para aproximarse a una "realidad sexual"? Y, por último, queda una pregunta: ¿de qué sexualidad se trata en el ciberespacio?

C. G.: Estamos hablando sobre tres cosas: sobre arte –por lo tanto cultura, diseño, etc.–; sobre tecnología –y por lo tanto hablamos de cambios como la biotecnología y muchas otras cosas, no sólo de Internet–; y también sobre este tercer elemento que sería la conexión entre tecnología y ciencia, relacionada con el ser humano. En esta conexión, y centrándonos en nuestro tema (el ciberespacio), tal vez deberíamos reflexionar sobre qué es lo que ocasiona la creación de unas identidades, unos dobles en el espacio de datos que existe y que se utiliza actualmente: Internet. Internet nos brinda la posibilidad de duplicarnos, pero se trata de una duplicación sin cuerpo, una duplicación desmaterializada, una duplicación sin identidad, y esto es lo más relevante en Internet.

El gran "boom" de Internet se da justamente en el momento en que permite a una serie de personas, desde su casa o desde su puesto de trabajo, duplicarse a sí mismas, o triplicarse, multiplicarse en un número indeterminado de veces en un espacio donde puede desarrollarse una situación de comunicación. Para esto existen los chats, aunque sean todavía muy limitados, pero sobre todo existen las comunidades virtuales, las ciudades virtuales, en las que se produce el encuentro virtual de una serie de personas que se presentan con una identidad creada por sí mismas: una segunda, una tercera, una cuarta identidad. Éste sería un primer punto. Por lo tanto, cuando Alberto propone que el sujeto desaparece, es justamente por que el sujeto, al entrar con una identidad "X" en Internet, se transforma en un objeto.

A. C.: Llegados a este punto del debate, deberíamos revisar la materia, es decir, con qué materia se ha trabajado en cada momento. La materia del mueble es la madera, la materia del diseño es el dibujo; la materia de Internet es el número. Esto es, no se trata de que no haya cuerpo, sino de que éste está en el número. La última materia es el número. El número es matérico, lo que significa que sí que existe el cuerpo. El cuerpo en el número. Porque el ADN es un número.

C. G.: ¿No existe la materia?

A. C.: No existe la materia, pero existe lo matérico numérico.

C. G.: Hablamos de materia como "sí y no", porque todo el sistema de datos está basado en el sí y el no. Estamos acostumbrados a decir "cero y uno", pero ésta es simplemente una formulación nuestra del sistema formal para entendernos: tenemos valores negativos y positivos, ceros y unos, afirmaciones y negaciones.

A. C.: Lo positivo y lo negativo son matéricos, y ahí está el cuerpo.

C. G.: Pero no es matérico. Es un código.

A. C.: El código es corporal; lo es para lo psíquico. El cuerpo, en el primer momento, es carnal; en el segundo momento es puro significante, y en este tercer momento es numérico. Para lo psíquico, el cuerpo ha dado estos tres pasos, y tiene que ver justamente con el proceso que ha hecho la fotografía, porque este proceso también tiene únicamente ciento cincuenta años. El cuerpo ha pasado de lo carnal, lo matérico –o, mejor dicho, de lo fisiológico– a lo lingüístico y a lo numérico. El sujeto está representado por estos tres registros diferentes.

C. G.: En relación con esto podría comentarse otro tema que, en mi opinión, es fundamental. Hasta la actualidad, nosotros somos individuos, y por tanto en esta primera etapa somos personas, porque tenemos un elemento propio, que es el lenguaje. Nosotros vivimos en el lenguaje, y si no hay lenguaje, no existimos. Éste es un punto clave.

A. C.: Lo que le extrae el sujeto al "Otro" es el lenguaje. Lo que pretendo decir es que no siempre hay lenguaje en lo psíquico. En el momento en que no es suficiente el cuerpo que tenemos, y nos vemos obligados a diseñar un órgano, o a realizar un cambio de sexo, o a diseñar un robot o una inteligencia artificial, también se produce el diseño de bombas químicas o bacterio-lógicas para lograr la desaparición de la diferencia, porque la guerra étnica es la desaparición del otro; consiste en borrar al otro.

C. G.: Quizás este punto del debate sea un buen momento para dejar intervenir al público.

Público A: No tengo ninguna cuestión en referencia a lo que habéis dicho, pero, leyendo el título de la conferencia, y después de pensar en lo que acabáis de decir..., no entiendo nada. Me parece que es una falta de respeto lo que está pasando aquí. No soy una persona que tenga un curriculum extenso, o conocimientos muy especializados en nada; me parece que no tienen mucho valor lo que estoy diciendo, o que puede parecerlo. Pero, por otro lado, sí que tengo algunos conocimientos respecto a pregunta que habéis planteado. ¿Realmente se puede hablar de cibercultura? No comprendo el hecho de que en 1999 alguien se pregunte si se puede hablar de cibercultura, cuando es una realidad que está ahí. No es que se pueda hablar o no se pueda hablar, es que es algo que está ahí. Es una forma de vida de la gente.

C. F.: Hoy en día tendemos a ver en la cibercultura, por una serie de efectos complicados, tan sólo un fragmento. Estamos perdiendo la capacidad y la habilidad de ver el todo. En Internet, por ejemplo, buscas una identidad que no sea la tuya, con la idea de que puedes asumir otra identidad tras la cual podrás esconderte. La cibercultura no es una cosa separada de la cultura; está dentro de ella, como un todo. No podemos hablar de la cultura musical fuera de la cultura en general; no podemos hablar de cibercultura como un objeto, porque esta idea es una idea enferma, mirar la cibercultura como un claustro, como una cosa aislada es una idea enferma, es una idea de negación. También debemos considerar que el concepto de cibercultura, así como los medios que permiten las interacciones, no son neutros. Una pluma, el teléfono, un ordenador… todos estos objetos, estos sistemas (ahora hablamos de sistemas, más complejos que los objetos) tienen una ideología, tienen modelos que están ocultos detrás. A veces no nos damos cuenta de la naturaleza de esos sistemas ni de las ideas que subyacen en estos medios, y los usamos sin este conocimiento. Y se queda en el aire la idea de la cibercultura. Nos embarcamos en la cibercultura, y no nos preguntamos por qué lo hacemos; no somos más que usuarios, empleados del sistema. Alberto ha dejado muy clara la diferencia: ahora ya no se trata de objetos o de representaciones, sino de sistemas de objetos. Pero estos objetos ya no tienen una existencia tangible, sino no-tangible. La palabra "virtual" es un poco inadecuada, porque el objeto virtual no tangible tiene una existencia real. No es una existencia concreta, pero es real. Lo virtual es aquello que no puedes tomar en la mano, pero tiene una existencia muy real y esta existencia tiende a sustituir a otras. Las carencias de contacto humano se proyectan en estos medios; no es por coincidencia que la Internet sea tan popular. Las relaciones sexuales a través de Internet, que vienen después del vídeo o el CD erótico, son muestras muy claras de la incapacidad del ser humano para habitar con el otro. El punto central es siempre el "otro". Es un problema de la cultura: la cultura que niega al otro por ser pobre, por ser de otra religión, por tener otro color de piel, por tener un brazo enfermo o por no compartir sus ideas, se queda con un vacío. No sé si tienes algo que añadir…

Público A: Yo no creo que lo virtual sea nada nuevo, porque en la vida de cada uno hay muchas experiencias, muchos sentimientos, muchas situaciones que se pueden sentir y que no se pueden palpar, y las personas mantienen una interactividad con esas cosas que no tienen porque ser digitales, ni electrónicas; simplemente es algo que está ahí.

Por otro lado, creo que la postura que planteas no es nada objetiva y está muy mediatizada. Internet, por ejemplo –si bien tienes razón al decir que, si se vive en un sitio grande o no se tienen amigos, Internet puede ser un buen sitio para relacionarse y cubrir esas carencias que en la vida humana se podrían tener– es tan sólo una parte de la historia. Internet también es algo que puede hacer llegar a la gente mucha información. Personalmente, considero que la información es una de las mejores cosas que existen, y que Internet es uno de los medios que menos presión informativa ejercen. Realmente, puede llegarse a sitios donde la información no esté mediatizada por el dinero, enmascarada con cualquier cara. Por lo tanto, no estoy de acuerdo en absoluto con las cosas que estáis diciendo. Me gustaría más una cierta objetividad, y no que se siga dando a la gente información mediatizada.

C. F.: El concepto de red de datos es un concepto que viene del teléfono, del telégrafo. El concepto de fuente de información lo tenemos en las bibliotecas. Internet, en este sentido, es el acoplamiento del teléfono y de la biblioteca; no ha asumido nada de revolucionario. Por detrás de muchas cosas hay únicamente mercadotecnia, puro márketing. Es muy difícil ser objetivo, porque una verdad no es absoluta; no se puede decir que Internet sea mala o buena, pero lo que sí hay que tener son dudas. Es la duda lo que mueve el conocimiento y la investigación. El ser humano busca siempre la certeza, la seguridad; estos medios ofrecen esto, en cierto sentido, y a mí no me parece algo demasiado confortable.

Me gustaría mencionar un comentario de un crítico musical sobre música, que también puede aplicarse a los medios tecnológicos y al ciberespacio. Es el siguiente: "Acá hay muchas cosas buenas y muchas cosas nuevas, pero ni todas las cosas nuevas son buenas, ni todas las cosas buenas son nuevas." Hace falta tener esto en cuenta cuando se mira hacia el futuro; hay que ser crítico. Con los medios tecnológicos, con la multiplicidad de informaciones, la capacidad crítica y la posibilidad de reflexionar son cada vez menores; no hay espacio para la reflexión, porque se considera que el ciberespacio es un espacio exterior, y el espacio interior se queda vacío. Por esa razón, en mi intervención he hablado del concepto de telepresencia, que trae consigo la tele-ausencia. El concepto de tele-ausencia es muy antiguo; está dentro de lo sagrado y se manifiesta, en la actualidad, en lo profano en nuestras relaciones. El contacto por teléfono no es lo mismo que el contacto personal, no tiene el mismo peso…

C. G.: Creo que la aportación ha sido interesante, ya que demuestra que la estrategia de estos medios surte efecto. Si él [Público A] afirma que este medio existe, que el ciberespacio existe, que él se siente perfectamente bien, y no entiende de qué estamos hablando y sobre qué estamos discutiendo, en mi opinión esto demuestra que sin duda el márketing y todo el sistema de comunicación, que es un sistema de poder, está surtiendo efecto. Y es aquí donde creemos que tenemos que actuar, empezando a discutir y empezando a plantear que tal vez la realidad del ciberespacio no sea exactamente lo que estamos pensando que es.

A. C.: Creo que es muy pertinente lo que A ha preguntado, pero voy a subrayar algo que ha dicho que en mi opinión constituye una forma de vida: justamente, ante una forma de vida nueva, es imposible ser objetivo. Lo que yo he intentado, en la medida de mis posibilidades y desde mi subjetividad, es formular un proceso que considero que se ha dado realmente.

Confío en que ustedes sean capaces de acabar de formularlo, de hacerlo objetivo, a fin de poder llegar a escribir la nueva relación, la nueva forma de vida que existirá en el futuro entre el sujeto y el objeto. Toda relación entre el sujeto y el objeto es virtual. Lo que sucede es que la virtualidad cambia, y esto es muy difícil de formular.

C. G.: El propio interés que existe por manejar hechos concretos, respuestas objetivas, hace que estemos hablando de objeto. Una vez más, si nuestra intervención era justamente destacar cómo estos objetos desaparecen en una nueva estructura, en un nuevo sistema, está claro que no podemos llegar a ninguna objetividad.

Ya para terminar, es evidente que no hay conclusiones, Sin embargo, me gustaría plantear algunas cuestiones fundamentales. En el momento en que desaparece el interés por el objeto y surge el interés por el sujeto –que es, sin embargo, un sujeto ya desmaterializado como tal, trasformado en un código–, lo que en definitiva estamos haciendo con el sujeto es eliminar lo que hay de humano en nosotros: nuestra memoria. Al desmaterializar nuestra memoria, lo que pretendemos es buscar lo que siempre hemos buscado, al principio a través de la religión, más tarde a través de los mitos, etc. Se trata de la inmortalidad. La búsqueda de la inmortalidad es permanente, porque es nuestro gran tema, es nuestra vida, y la vida es la muerte; las dos cosas van juntas.

Como último planteamiento, considero que, en definitiva, este nuevo proceso nos lleva hacia un nuevo objeto de diseño, una nueva finalidad que consiste en diseñar el propio sujeto.


© 1999, Claudia Giannetti, Carlos Fadon, Alberto Caballero

 

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Carlos Fadon

São Paulo, 1945. Se dedica a la fotografía como expresión personal desde 1975, en especial por medio de ensayos sobre el paisaje urbano y la condición de la fotografía como sistema de representación. Desarrolla a partir de 1985 investigaciones estéticas y conceptuales en arte y tecnología, con énfasis en las cuestiones de la interactividad y de la interrelación visual. Ha obtenido el diploma de Ingeniería Civil y la licenciatura en Bellas Artes por la Universidad de São Paulo, y el grado de Master of Fine Arts por The School of the Art Institute of Chicago. Su producción se ha presentado en exposiciones individuales, colecciones públicas y particulares, eventos, exposiciones colectivas y conferencias, y en diferentes publicaciones a través de imágenes y artículos, en América y Europa. En 1996 obtuvo una Bolsa Vitae de Artes para un proyecto en arte electrónico. Actualmente es investigador visitante en el programa CAiiA-STAR (Centre for Advanced Inquiry in the Interactive Arts & Science, Technology and Art Research Centre, Reino Unido), con una Bolsa Virtuose del Ministerio de Cultura de Brasil.

 

Alberto Caballero

Psicoanalista, analista de la cultura, reside desde 1979 en Barcelona. Ha sido profesor de Historia del Arte y de la Cultura en la Universidad de Tucumán (Argentina), profesor de Teoría de la Forma en la Escuela Superior de Bellas Artes de Buenos Aires, y de Semiología en la Facultad de Arquitectura. En Barcelona, en 1984 crea "Cosveu", centro dedicado a la investigación y el tratamiento de las relaciones entre el cuerpo y el lenguaje. Ha publicado diversos ensayos en revistas especializadas. Actualmente coordina el Grupo de Estudio e Investigación de los Fenómenos Contemporáneos (GEIFC), y forma parte del seminario "Modernidad femenina y psicoanálisis".

 

 

MECAD Electronic Journal, número 1, junio de 1999